Quiere saber más y le dicen que repita

La madre de un menor vasco con altas capacidades relata la “ardua pelea” de las familias para satisfacer a sus hijos.

La madre de un niño con alta capacidad cuenta su historia. (OSKAR MARTÍNEZ)

NO tiene un tomo de física cuántica debajo del brazo, ni gafas redondas, ni cara de cerebrito. Solo una bonita sonrisa y muchas ganas de aprender. Tantas que lo que le enseñan en el cole le sabe a poco. “Dice que se aburre y que está cansado de repetir siempre lo mismo. Las horas de clase se le hacen interminables y llega un momento en el que desconecta”, cuenta la madre de este niño con alta capacidad intelectual. Lejos de ser “un camino de rosas”, tener un hijo con una mente privilegiada le está suponiendo un “sufrimiento”, dada la deficiente colaboración que, a su juicio, le están prestando desde el centro. “Mi hijo quiere saber más y, en vez de acelerarle de curso, le dicen que tiene que repetir. No hay una respuesta adecuada y es terriblemente duro para la familia”.

La madre de un menor vasco con altas capacidades relata la “ardua pelea” de las familias para satisfacer a sus hijos.

Sentado frente al piano, el crío toca una pieza. Y luego otra y seguido unas cuantas más, poniendo banda sonora a su propia historia. “Ves que habla a temprana edad, que es bastante autónomo antes de los tres años, que aprende todo muy rápido y tiene gran memoria y empiezas a sospechar”, se remonta años atrás la madre de este alumno de Primaria. Sorprendida por la facilidad con la que su hijo adquiría conocimientos, se lo comentó a la consultora del colegio. “Me dijo que no me preocupara, pero luego pasa el tiempo y no hay atención”, lamenta. Tras los primeros cursos, empezaron los contratiempos. “Decían que el niño no rendía como los demás, que había bloqueos, que no sabían ponerle nombre al problema, cuando no había ningún problema, era una alta capacidad. Yo ya avisé y no se hizo caso”, protesta.

En la consulta del pediatra, dice, encontró mayor “sensibilidad”. “Me dijo que tenía que buscar un diagnóstico y exigir que se le reconocieran sus necesidades específicas porque si no, iba a tener somatizaciones”, recuerda. Algo normal en un niño que va al colegio a regañadientes y no encuentra en el aula ninguna motivación.

Una vez que un profesional certificó sus sospechas y determinó las medidas más adecuadas para su hijo, tropezó con la “incomprensión” del centro. “Él no va a estar a gusto mientras no tenga las medidas acertadas y, en su caso, distan mucho de ser satisfactorias. El especialista dice que hay que hacer una subida de curso y en el colegio le dicen todo lo contrario, que no lo ven, que tiene que repetir. Hay una gran facilidad en los centros para que la gente repita y una grandísima dificultad, a veces incomprensible, para hacer una aceleración”, denuncia.

Diagnóstico en mano, tras mostrar que “el trabajo que desarrolla el niño en casa es más amplio” que el que le correspondería por edad, ha conseguido algún que otro paso, aunque le resultan insuficientes. “A mí me dicen que hacen muchas cosas en el centro, que han hecho un enriquecimiento con mi hijo, pero yo no veo los resultados. Aquí hay que dar respuestas e implicarse y si no funciona una cosa, hacer otra”, reclama.

Pese a que en Euskadi hay alumnos a los que les han adelantado de curso en Primaria, a su hijo no terminan de aplicarle esta medida. “No se puede esperar, la necesidad es ahora, no mañana. Hay familias a las que les toca antes y tienen esa suerte, pero no podemos dejar esto al arbitrio de dar con un profesional o un centro. Tiene que estar estructurado y necesitamos especialistas para que esto no sea un sufrimiento para las familias”, demanda.

“Cuesta que haya cambios” Ahora, asegura, los padres se dejan la piel para mover “la lenta y engorrosa maquinaria” y que los profesores puedan, por ejemplo, acceder a unas horas de información. “Tenemos que luchar con todo eso diariamente y es muy difícil porque hay mucha rigidez y cuando quieres proponer algo, la primera respuesta siempre es no. Nos cuesta terriblemente que haya leves cambios”, subraya.

Por si fuera poco, dice, a veces los consejos de las familias se interpretan como imposiciones. “En nuestro ánimo nunca está imponer, sino buscar el bienestar y la integración de los niños. Que los veas felices y que desarrollen sus capacidades. Para eso hay que instaurar recursos. La familia llega donde llega y no todas las obligaciones tienen que recaer sobre ella. En los centros tienen que ser flexibles y dar respuestas. No podemos estar con las manos vacías y llevarnos los problemas a casa nosotros siempre”.

Conocedora de los recursos que existen para los alumnos con discapacidad, exige para su hijo igual trato. “Cuando hay un niño con discapacidad, todo está estructurado, la acogida es fantástica y nadie se cuestiona nada. Socialmente y educativamente hay una sensibilización. En el caso de la alta capacidad falta sensibilizar a la gente. Se nos cuestiona aun con el diagnóstico”.

“En el desierto sin cantimplora” A estas alturas del relato, visto el “desgaste emocional” que ha sufrido la familia, el mito de que tener un hijo con alta capacidad es una suerte se resquebraja. La gente piensa que es todo maravilloso, que aprenden rápido y no necesitan nada, pero eso no se ajusta a la verdad y dista mucho de los muros que hay que derribar de incomprensión, de falta de comunicación y de entendimiento. Esto no es un camino de rosas, es una pelea muy ardua de las familias. Estamos totalmente desamparados. Nos han dejado en el desierto sin cantimplora”, equipara.

Inmersos en “un pozo de emociones, inseguridades e incertidumbres”, los padres de estos pequeños tienen que asumir, además, otra factura, la económica. Todo lo costeamos las familias. Las necesidades de conocimiento que no satisface el centro las soportamos nosotros y ahí entra desde ver museos a acudir a un grupo de alto rendimiento, de donde salen insuflados de vida”, afirma. Dada la mala coyuntura económica, no todos pueden sufragarse estos recursos. “¿Qué hacen las familias que no pueden asumir los gastos de un diagnóstico o permitirse que sus hijos vayan a un grupo de alto rendimiento? ¿Estar encerrados en casa llorando?“, se pregunta.

Su hijo ha terminado la sesión de piano y gira la llave para cerrar la puerta del aula. Dice su madre que es un niño simpático, que no tiene problemas para relacionarse con los demás. Lo mira con ternura, esboza una sonrisa y lanza su último alegato.

“Animamos a los profesionales a que nos apoyen en este bonito reto. Ellos seguramente devolverán el bien que van a invertir en ellos. Se requieren actuaciones para ayer, hoy ya es tarde. Nuestros niños lo están pasando muy mal y tienen derecho a ser felices”.

Fuente: www.deia.com

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